El viernes 11, aniversario de la ANR, vi algo que realmente me sorprendió. Y les digo sinceramente: a mi edad y después de tantos años cubriendo política, ya son pocas las cosas que consiguen hacerlo.
Vi a centenares de colorados reunidos para apoyar a Dani Pereira Mujica, un candidato de la oposición y uno de los principales adversarios de la ANR en Ciudad del Este.
Pero no eran colorados de ocasión. Allí estaban hombres y mujeres a quienes conozco desde hace décadas. Personas que trabajaron por el partido, caminaron barrios, organizaron reuniones y defendieron al partido en elecciones buenas y malas. Muchos dedicaron buena parte de sus vidas al coloradismo.
Por eso me llamó tanto la atención verlos acompañando con entusiasmo a un candidato de Yo Creo.
Y ocurrió justamente el 11 de septiembre, día en que el Partido Colorado celebraba sus 139 años de fundación. Mientras desde la dirigencia hablaban de unidad y tradición, en Ciudad del Este un numeroso grupo de afiliados se reunía con el adversario. Ellos mismos se autodenominan «Colorados de Bien».
Entonces me pregunté: ¿mba’e la oikopáva en carpas coloradas?
Porque una cosa es que un afiliado esté molesto y decida quedarse en su casa. Otra muy distinta es que salga, dé la cara y anuncie públicamente que apoyará al candidato contrario. Para llegar a eso, tuvo que pasar algo mucho más profundo.
Hablando con algunos de ellos, la respuesta aparecía casi siempre: están cansados. Cansados de que un pequeño grupo decida todo. Cansados de ser llamados únicamente cuando hacen falta votos. Cansados de trabajar para que después otros se queden con los cargos, los espacios y los beneficios.
Lo curioso es que ninguno decía haber dejado de ser colorado. Al contrario, hablaban con orgullo de su partido, de su historia y de los años que pasaron trabajando por la ANR. El problema, según ellos, no es el coloradismo. El problema son quienes se apropiaron de su conducción.
Y allí está el punto central.
Estos afiliados no están renunciando a su identidad política. Están diciendo que ser colorado no significa obedecer ciegamente ni votar por cualquiera que aparezca con una chapa partidaria. Están separando al partido de quienes actualmente lo manejan.
Se podrá estar de acuerdo o no con su decisión. También se podrá discutir si Dani Pereira Mujica merece ese respaldo. Pero resulta imposible mirar para otro lado y actuar como si nada estuviera pasando.
¿Qué tuvo que hacer —o dejar de hacer— la dirigencia colorada para que afiliados de vieja estirpe prefieran apoyar a un opositor antes que al candidato de su propio partido?
Eso no ocurrió de un día para otro. Es el resultado de años de decepción, exclusión y hartazgo. Mucha gente se cansó de escuchar discursos sobre unidad mientras unos pocos toman todas las decisiones. Se cansó de que le pidan lealtad sin recibir respeto ni participación a cambio.
Por eso, lo ocurrido no fue solamente un acto de apoyo a Dani Pereira Mujica. Fue también una protesta contra la dirigencia colorada y una advertencia para quienes todavía creen que el voto de los afiliados les pertenece.
Después de tantos años cubriendo política, nunca imaginé ver a tantos colorados conocidos, de esos que llevan el partido muy adentro, reunirse para apoyar al adversario.
Pero ocurrió.
Y si la dirigencia de la ANR quiere entender lo que está pasando, debería comenzar por escuchar en vez de amenazar o descalificar. Porque estas personas no dejaron de ser coloradas.
Simplemente dejaron de sentirse representadas por quienes hoy manejan el partido.



