InicioCOLUMNA DE OPINIÓNEl puente de la Integración… menos para integrarse

El puente de la Integración… menos para integrarse

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Hay ironías que se escriben solas. Una de ellas está sobre el río Paraná y costó millones de dólares. Se llama Puente de la Integración.

El nombre suena impecable. Moderno. Regional. Hasta emocionante. El problema aparece cuando uno intenta usarlo y descubre que la integración viene con horario, requisitos, residencia habilitada, documento especial y condiciones varias.

Desde el 14 de septiembre permitirán el paso de automóviles particulares. Excelente noticia, diría cualquiera.

Pero no tan rápido.

No será simplemente subir al auto, llegar al puente y cruzar. Eso sería demasiado sencillo. Acá la sencillez parece estar prohibida.

Habrá que estar dentro del régimen de Tránsito Vecinal Fronterizo, vivir en determinadas ciudades, contar con el documento correspondiente y verificar que todos los ocupantes del vehículo también estén debidamente habilitados.

Todo eso para usar un puente.

Un puente que, por cierto, fue construido justamente para facilitar la conexión entre Paraguay y Brasil.

La paradoja es formidable.

Tenemos una gigantesca infraestructura llamada “Integración”, pero para integrarse hay que superar primero una pequeña prueba de resistencia burocrática.

Y además con horario.

Los automóviles particulares podrán cruzar entre las 07:00 y las 13:00. Seis horas.

Después de las 13:00, aparentemente, se termina la integración por ese día.

Uno podría pensar que estamos ante un paso fronterizo experimental construido con tablones sobre un arroyo. Pero no. Estamos hablando de una obra internacional de enorme porte, presentada durante años como una pieza estratégica para el desarrollo de la Triple Frontera.

Se habló de descongestionar el Puente de la Amistad.

Se habló de agilizar el tránsito.

Se habló de dinamizar la economía.

Se habló de integración regional.

De hablar, evidentemente, nunca tuvimos problemas.

El problema aparece cuando hay que hacer algo sencillo: dejar que la gente use el puente.

Ahí comienzan las reuniones binacionales, las comisiones, las reglamentaciones, los cronogramas, los documentos especiales, las categorías de vehículos, las franjas horarias y probablemente alguna sigla nueva que todavía no conocemos.

La burocracia tiene esa capacidad extraordinaria de transformar una solución en un problema.

Y lo más llamativo es que la frontera ya está integrada.

La gente de Ciudad del Este cruza a Foz. La gente de Foz viene a Ciudad del Este. Hay trabajadores, estudiantes, comerciantes, turistas, familias y empresas moviéndose todos los días entre ambos países.

La vida real no pidió permiso para integrarse.

Lo hizo hace décadas.

Mientras tanto, los gobiernos todavía discuten cómo administrar un puente que fue construido justamente porque esa integración ya existía.

Por eso resulta tan absurdo.

El Puente de la Amistad permanece saturado, con interminables filas y tránsito pesado, mientras a pocos kilómetros tenemos una infraestructura nueva cuya utilización sigue siendo dosificada como si fuera un medicamento controlado.

Primero pasan algunos.

Después otros.

Ahora los autos particulares, pero solamente ciertos autos, de ciertas personas, de ciertas ciudades y en determinado horario.

Quizá dentro de algunos años anuncien con bombos y platillos otra conquista histórica: que el puente podrá utilizarse después del almuerzo.

No cuestiono los controles migratorios ni aduaneros. Son necesarios.

Lo que cuestiono es esa fascinación burocrática por complicar lo que podría funcionar de manera simple.

Un puente debería servir para conectar dos puntos.

Nada más.

Si necesita un instructivo para entender quién puede usarlo, cuándo puede usarlo y bajo qué condición puede usarlo, entonces algo estamos haciendo mal.

El Puente de la Integración debería ser una solución.

Por ahora, parece más bien una metáfora perfecta del Mercosur: una gran idea, una gran estructura y toneladas de burocracia en el medio.

Tenemos puente.

Tenemos dos países.

Tenemos ciudades que llevan décadas viviendo como una sola región.

Y tenemos, por supuesto, papeles.

Muchos papeles.

Porque en esta parte del mundo hasta para integrarnos primero hay que pedir permiso.

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