El baile con el dinero público continúa en la Cámara de Diputados y Senadores al compás de contrataciones indignantes de hijos y familiares de legisladores que abarrotan el Congreso Nacional con salarios jugosos y, en muchos casos, sin la más mínima preparación. Esta repulsiva práctica persiste desde hace años gracias a la apatía y el conformismo de un pueblo que aún no termina de despertar.
Después de casos como el hijo del presidente de la Cámara de Diputados, Beto Ovelar, la hija del vicepresidente de la República, Pedro Aliana, y la hija del diputado José Adorno, hoy se encuentra en el ojo de la tormenta el hijo de la diputada altoparanaense Roya Torres, Elías Martín Godoy, con un salario nada despreciable de 9.500.000 Gs para su «primer empleo», seguramente como un favor cambiado.
Los casos que salen a la luz son solo la «punta del iceberg», ya que todas las instituciones del Estado y las binacionales están plagadas de «recomendados» que gozan de salarios elevados sin haber pasado por ningún tipo de concurso ni tener la idoneidad para ocupar vacantes, bajo el pretexto del «cargo de confianza» o simplemente por tener un «kavajú potente». ¿Qué tipo de asesoría podría brindar un adolescente que acaba de celebrar su UD (Ultimo Día) en el colegio? ¿Qué confianza puede dar un legislador a un joven de 18 años que trabaja por primera vez para otorgarle más de 9 millones al mes?
¿Es para eso que incentivamos y hasta obligamos a nuestros hijos a estudiar y seguir una carrera que les asegure un futuro mejor con un trabajo digno? ¿Para eso elegimos a «representantes» del pueblo que al final, sin importar el partido al que pertenezcan, terminan apuñalando por la espalda a cada sacrificado trabajador que se desvela día y noche buscando un futuro mejor para sus hijos?
En manos de este tipo de escorias del poder se encuentra nuestro querido Paraguay, gente que solo busca su propio beneficio, cuyos discursos políticos se destacan por la falsedad y el engaño, de personas que ven oportunidad de llenar sus arcas sin importar el derecho y la dignidad de los demás. No importa a quiénes pisotean, no importa nada más que su propia riqueza material obtenida a través de robos descarados disfrazados de legalidad.
Gente sin escrúpulos, sin vergüenza, adornada de lujos y brillando por su miseria y pobreza humana, cuya única riqueza es todo lo que han robado y siguen robando, exigiendo ser tratados como señores.
Varias organizaciones ya se han manifestado a través de los medios de comunicación y redes sociales, asegurando que los escraches serán los que pongan punto final a esta perversa práctica. Aseguran que no tendrán paz y cumplirán con el papel para el cual fueron elegidos. Es hora de que los escraches salgan de las pantallas y se trasladen a las residencias y locales públicos donde aparezcan estos personajes, para que sientan en la piel el saqueo de algún derecho por el cual ellos mismos deberían velar, pero en cambio, solo saben robar.
